Un cuento 

¿Por qué yo? Si no jodo ni jodí a nadie nunca. A veces pienso que las mejores personas están destinadas a sufrir en esta vida. Como si fuera una conspiración que acordaron todos los universos de esta galaxia. Una vez leí la frase “Si las personas te hicieron sufrir demasiado y sigues siendo bueno con la gente, mereces un amor tan profundo como la inmensidad desconocida del mar”. Espero que esa frase sea cierta, y que se cumpla, es lo que me da esperanzas a seguir.
Todo comenzó un día, que jamás borrare de mi memoria.
Era diciembre, el cielo estaba celeste, el sol estaba en su punto más radiante, el mantel de la cocina aún estaba puesto de la noche anterior lleno de migajas de pan que quedaban.
Una casa bastante pintoresca y acogedora se veía bien, por fuera todo perfecto.
Pero por dentro nadie sabía que un pequeño niño estaba por sufrir una de las experiencias más traumáticas que le pueden tocar vivir o no a un niño.
La noche anterior la familia había tenido una gran fiesta, una importante, demasiado.
Su madre estaba contenta.
Sus hermanos también.
Hasta su padre, quien comúnmente no dejaba a la luz aquella sonrisa ya que era un hombre bastante serio, sonreía.
El niño desconocía el motivo detrás de aquella sonrisa.
El alcohol, su padre estuvo mezclando todo tipo de bebidas aquella noche, todo lo que te podías imaginar en solo horas. Y la fiesta aún no comenzaba.
Durante toda la velada se lo veía contento y bailarín, como si sus pies tuvieran magia propia y brillaran entre los demás.
La noche se llevaba en paz, la familia estaba contenta.
Con el pasar del tiempo el niño comenzó  a caer víctima de un sueño atrapador.
Su madre decide llevarlo a dormir de su abuela, ya que su padre no estaba dispuesto a irse, aún quería seguir bailando y dejando magia en la pista con sus pasos felices y regocijantes de alegría porque su hijo se había graduado, era la fiesta de graduación de su hijo, del hermano del pequeño.
La madre deja a su hijo en la casa de su abuela y aquí es cuando le pregunta: “¿Quieres que luego  te pase a buscar cuando volvamos de la fiesta o te busco mañana a la tarde?”
El niño quería estar con su familia, estaba feliz de que su padre sonriera y no quería perderse esa magia, el solo quería verlo feliz.
Siempre quiso solo eso.
Al bajar del auto su abuela lo recibe con su sonrisa cálida y una cama de huéspedes calentita y acogedora. El paraíso del niño. Dicen que sueles conocer el paraíso antes del infierno.
Luego de dormir unas horas no recuerda mucho.
Solo como unos brazos, los brazos de su madre, lo llevan hasta su auto y que por el cielo se ve que aún es de madrugada.
Llegan a su casa. Pero no está ni su hermana, ni su hermano, ni su padre.
No le presta mucha importancia y se va a dormir. Su madre hoy decide que dormirá con ella, en el lugar de su padre.
Se acuestan y al lado también se encuentra el perrito blanco de la familia. Quien sentía un amor profundo por su dueña, la reina de la casa, solían decir. La reina.
Ya unas horas más tarde el niño siente como abren la puerta de su casa. Por las pisadas él ya puede distinguir que es su padre, así sin más.
Siente como abren la puerta de la pieza y él se hace el dormido. “Le daré una sorpresa a mi papá”, él pensaba.
Pero había algo más en aquella habitación, un hedor rancio emanado por su padre, y un sentimiento frío, casi aterrador. Escucha como su papá comienza a gritar y referirse a su madre con palabras rudas y amenazadoras, todas recriminándole que por qué no había esperado para irse juntos de la fiesta y que por su culpa tuvo que hacer una caminata en solitario hasta su casa.
Siente como su madre en un intento por responderle rápido, tartamudea. Y Dios la libre que eso era lo peor para él, el tartamudeo.
Su perro ladra.
Su madre tiembla.
Y su padre, solo se queda parado mirando hacia su madre pero había algo más en su mirada, como si estuviera pensando más allá de la situación.
El niño seguía “haciéndose el dormido”.
Y de repente se escucha, un golpe, dos golpes, tres golpes. Todos dirigidos hacia el cuerpo de su madre.
El niño… piensa que es un juego.
Siente que era el típico juego que hacían entre los tres de “proteger a mamá”. Así que de la nada “despierta de su lugar” y se pone como un puente entre el cuerpo de su madre y su padre. Pensando que era un maldito juego. No lo era, oh y estaba lejos de ser un juego o algo fingido, muy lejos. 
Los golpes siguen.
Y de repente siente como una flecha o una luz entre la niebla de su infancia, lo despierta.
No era un juego, papá estaba golpeando a mamá en serio. No era más un juego querido, no lo era más.
Reaccionando rápido comienza a gritar a su padre y a pedirle que pare, le suplicaba.
Él no lo hace.
Hasta un rato al menos.
Terminan acostados entre las sabanas, en silencio, como pensando en cómo el hecho que acababa de pasar afectaría en el futuro. Solo fue una milésima de pensamiento, solo eso.
La madre dice que irá al baño a limpiarse, así le dice ella.
Y el niño queda solo en la habitación con su padre.
Él no para de repetir “AHORA ¿QUIÉN ES EL REY DE ESTA CASA?” , una y otra vez.
Mira al niño como esperando una respuesta, una simple respuesta que alimente su maldito ego.
“Sonríe papá”, dice el niño. Y le acaricia la mejilla. ”Un rey debe sonreír” decía el niño solo esperando ver aquella sonrisa que en la noche anterior adornaba su padre. Esta no apareció.
A partir de aquella noche, su padre siguió tomando, siguió tratándolos mal, siguió insultándolos, el niño nunca olvidará como le suplicaba a su padre irse de las fiestas a las que iban, que dejara el alcohol y que solo fuera a dormir. Él no les hacía caso. No estaba satisfecho hasta que recorriera junto con sus amigos todos los bares de la ciudad.
Y cada vez que el niño era rechazado, una parte de su corazón se rompía. Y no era tan sencillo de reparar. Créanlo.

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